• Joaquín Páramo

DE CÓMO UNA INHABILIDAD PUEDE PONER EN RIESGO LA VIDA DE UNA PERSONA...

Actualizado: 13 jun


… si ello tiene que ver con la sobreprotección en la niñez. (*)[i]


(O sobre la importancia de adquirir habilidades para la vida y algo sobre la prevención en las pautas de crianza).


Hace ya varios años, fue llevada al cine una historia escrita por Lanny Cotler que inicia con la vida de un hombre ya mayor que ha sido desahuciado por sus médicos. Con pocas semanas de vida, este hombre decide entonces pasar sus últimos días en la tierra que lo había visto nacer lejos de la civilización, una isla cubierta de una espesa selva con todo lo que uno puede imaginar que sucede en un sitio como este. Mientras el hombre desembarcaba, a muchos kilómetros de allí, en pleno corazón de la isla, una casa rodante se precipitaba a un abismo con sus ocupantes, una pareja de exploradores con su pequeño hijo de aproximadamente ocho años.


El viejo, ha iniciado su travesía sin imaginar lo que habría de encontrarse unos días después. En la profundidad del abismo ve la casa rodante y decide acercarse. Los adultos han muerto, pero el pequeño, atrapado entre la chatarra, ha sobrevivido ileso y está aterrado.


Cubrieron las sepulturas con rocas, y luego de poner sendas cruces de palo y de una breve oración, el hombre retoma su camino junto con el niño que lo sigue muy de cerca.

Unas horas después, el hombre decide buscar comida y para ello, se aproxima a un recodo del río. Algunos peces nadan muy cerca. Sin implementos para pescar, el viejo introduce cautelosamente su mano hasta lograr acercarse a escasos centímetros de un pez que nada desprevenido. De repente, y con la velocidad del rayo, atrapa al animal.

El niño ha observado sorprendido su hazaña. Al rato, después de prender una fogata y asar el pescado, el habilidoso pescador termina su cena sin darle un solo bocado al pequeño. El niño, hambriento y lloroso, le reclama al viejo su desaire. “Tendrás que conseguir tu propia comida”, le responde el hombre recogiendo y lanzando las sobras al fuego. Luego se echa a dormir. Los días siguientes no son muy distintos; el hombre no le hace al pequeño ninguna concesión y se muestra indiferente.


Además de evitar los peligros de la vida salvaje, la pareja tiene que buscar comida, hacer un fuego, cubrirse de las inclemencias del tiempo, etc. En cada uno de estos episodios el viejo insiste en no facilitarle las cosas al pequeño. No obstante, comienza a resultar evidente que el hombre ha estado pendiente de su progreso en algunos de los quehaceres cotidianos.


En la última escena, el niño, después de depositar la última roca y de poner la cruz de palo sobre la tumba de su compañero de travesía que ha muerto, se dirige a un recodo del río en donde introduce su mano cautelosamente muy cerca a un pez que nada a pocos centímetros de la superficie: lanza el manotazo y lo atrapa.


La conclusión es clara. El viejo sabía que pronto moriría y que, de darle al niño todo en bandeja de plata, le haría daño, pues cuando él faltara, seguramente el pequeño moriría de hambre o víctima de los depredadores. La alternativa era enseñarle a sobrevivir con la esperanza de que finalmente fuera rescatado.


Ahora, ilustremos este asunto de otro modo a partir de una situación hipotética.

Como seguramente usted pertenece a una mayoría urbana, es decir, que poco o casi nada incursiona en la selva, excepto que lo haga ocasionalmente para acampar, la probabilidad de sobrevivir perdido allí después de muchos días y sin recursos puede resultar muy baja si no ha recibido entrenamiento. Alguien capacitado sabría por ejemplo distinguir los hongos comestibles de los venenosos. Conocería igualmente que cubrirse la piel de barro lo protegería de las picaduras del jején, o que ciertas raíces son comestibles y almacenan agua, así como que los insectos son fuente de proteína. Sabría además cómo hacer fuego y trampas para animales, cómo orientarse en busca de ayuda e incluso, en momentos de tristeza y desamparo, esta persona encontraría alivio en una puesta de sol o en el canto de los pájaros.


No estoy seguro de que lo narrado sea suficiente para sobrevivir perdido en la selva. Pero ahora que lo ha leído se ha enterado usted de algunas cosas que quizás ignoraba. Y no crea que lo ha aprendido con leerlo; solo se ha preparado para ello.


Los aciertos frente a los retos de la vida se lograrán cuando, expuesto a las condiciones del desafío, usted pone en práctica las reglas que se han establecido para resolverlo. Sin embargo, puede que usted no conozca el procedimiento adecuado y entonces se verá obligado a ensayar con algo que puede coincidir o no con lo que ya se sabe al respecto. Si es esto último, o sea, que usted ha tenido que inventar, por ejemplo, una nueva forma de hacer un fuego, con seguridad lo seguirá haciendo así en el futuro y lo mejor, es que podrá transmitir este aprendizaje en forma de regla a otras personas.


Resumiendo


La inmensa mayoría de lo que somos o hacemos es el resultado de seguir reglas en forma de consejos, advertencias, normas etc., que nuestros padres, profesores, una lectura o los amigos nos dan. Sin embargo, muchas de tales reglas no son muy precisas. “Pórtate bien” es una regla, aunque es extremadamente ambigua e imprecisa. Ahora, la regla, si detienes el automóvil cuando el semáforo está en rojo, evitarás accidentarte o recibir una multa, sí que es una buena regla pues dice, con claridad, qué hacer (detener el automóvil), en qué situación (cuando la luz del semáforo está en rojo) y qué consecuencias se evita (un accidente, una multa, etc.). Siguiendo este ejemplo podrá notarse que una buena regla distingue: la conducta, el antecedente y las consecuencias. Ojo, las reglas no solo se establecen para evitar inconvenientes, también se formulan para asuntos positivos. Ponga usted los ejemplos.


Además del seguimiento de reglas, otros mecanismos de aprendizaje operan en nosotros: la experiencia directa ( o el ensayo y el error, si prefiere llamarlo así) y la imitación.


La experiencia directa significa que todo aquello que hacemos y nos da resultados nos induce a repetirlo. Y sobre la imitación como mecanismo de aprendizaje, baste con decir que eso fue lo que ayudó al niño de nuestra historia a sobrevivir: observando cómo procedía el viejo y qué resultados obtenía cuando este hacía un fuego, pescaba, cazaba, etc., etc.


Dicho lo anterior, cabe preguntarse uno, ¿porqué hay personas que no parecen seguir reglas? ¿Y por qué, a pesar de insistirles una y mil veces, esto no parece surtir ningún efecto? Bueno, ante todo, creo que a veces nos conviene como individuos y como sociedad infringir las reglas, de pronto encontramos formas distintas y quizás más eficientes de actuar sobre nuestra realidad. También podría ocurrir que las consecuencias previstas en el seguimiento de una u otra regla ya no suceden como cuando dicha regla fue formulada y entonces podremos explorar de otros modos nuestras circunstancias. Romper las reglas, a veces hace falta: la historia de la humanidad está llena de ejemplos.


Pero con otra perspectiva, tratando de actuar en consonancia con lo que ya se sabe, como que las drogas hacen daño, que es mejor estudiar que no hacerlo, que vale seguir ciertas rutinas o normas en casa para facilitar la convivencia, o que es importante aprender a relacionarnos con los demás, entre muchas otras cosas, podríamos responder a nuestra pregunta diciendo que el fracaso de nuestros reclamos ocurre, o porque las reglas no se han sabido formular y son ambiguas, las consecuencias de seguirlas se encuentran en un futuro muy lejano o, simplemente porque esta persona no tiene una experiencia directa, temprana y suficiente siguiendo reglas. En otras palabras, alguien sigue reglas porque tiene una historia de logros siguiéndolas. El tema amerita algo más de lo que hemos comentado hasta aquí pero, para no extendernos más de lo que ya hemos hecho, buscaremos otra oportunidad para tratarlo.


Finalizando.


Con la historia que hemos narrado, es fácil concluir que de lo que se trata es de aprender habilidades para sobrevivir o, mejor que eso, para disfrutar de lo que la vida puede ofrecernos.


Si usted cree que esta historia no le compete porque considera que ya es demasiado tarde, o por cualquiera otra razón, atienda su mensaje al menos pensando en sus hijos. Pues el relato no solo pretende advertir sobre la urgencia de que sus hijos empiecen a desarrollar competencias para la vida, sino que puede ayudar a disuadirlo a usted de seguir con su estilo sobreprotector (si lo tiene) frente a ellos. Hoy día, esto es casi pandémico (valga el adjetivo por los tiempos que corren).


Y como nos parece conveniente y urgente desalentar a quienes como padres persisten en mimar en exceso a sus hijos, van, a continuación, unas notas un tanto apresuradas sobre este tema.


Es apenas comprensible ejercer protección a nuestros hijos, pues ellos no están exentos de peligros. Sin embargo, hay que encontrar el balance apropiado de tal manera que protegerlos no signifique privarlos de las experiencias que requieren para la vida. Los padres sobreprotectores temen en exceso por la seguridad de sus hijos, y no quieren que les pase nada malo, sea esto físico y/o emocional. Tampoco les crean oportunidades de aprender, o que si estas llegan, se las impiden, o actúan por ellos.


Con frecuencia estos padres son permisivos, no ponen límites ni normas en casa, o si las hay, son más bien ambiguas y poco o nada exigibles; no hay acuerdos mínimos sobre las pautas a seguir, ni coherencia sobre lo que debe o no ser importante para su desarrollo, etc. Y todo esto y mucho más con la idea de que no se vaya a traumatizar el muchachito. Hasta que llega el día en que la vida de este hijo, ya entrado en años y que probablemente sigue viviendo con sus padres, le da más de una sorpresa desagradable. Allí, en su selva de cemento, papi o mami no estarán para aliviarle las cargas. Este joven podría encontrarse, por ejemplo, con un jefe malhumorado a quien poco le gustan las personas como él, o compañeros de estudio o de trabajo que esperarán más de su parte sin contemplaciones, o una pareja que no está dispuesta a tolerarle cualquier cosa. Con toda seguridad se va a encontrar con un entorno que le exigirá en muchos casos algo más de aquello en lo que este, todavía un crío, cree que está capacitado.


Todo lo anterior y mucho más porque a pesar de las muchas y muy amorosas intenciones, sus padres sobreprotectores han creado un pusilánime condenado a pasarla muy mal en la vida. Los hijos así criados, serán personas miedosas, con ansiedad, incapaces de tomar decisiones y de resolver problemas de la vida diaria. Son personas dependientes, con sentimientos de inutilidad y baja autoestima, que siempre necesitan del apoyo de alguien; con baja tolerancia a la frustración o que no soportan el menor fracaso y pueden reaccionar muy probablemente con ira o agresividad. Algunas investigaciones han reportado que las personas con una historia de sobreprotección tienen altas probabilidades de desarrollar trastornos depresivos a causa de sus frustraciones.


Si, nuestros hijos son lo más maravilloso que nos pasa, pero como los amamos tanto y por su bien, tenemos que aprender a administrar nuestras manifestaciones de afecto.

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[1] Texto tomado del libro de mi autoría, “Hágase Cargo de Sí Mismo”. Se consigue en Amazon

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