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Una aproximación al análisis del caso Noelia: Entre la medicina y el sufrimiento humano.

  • Foto del escritor:  Joaquín Páramo
    Joaquín Páramo
  • hace 4 días
  • 5 Min. de lectura

Por Joaquín Páramo

Seguramente muchos de ustedes estarán enterados de la reciente y muy triste noticia de la joven que decidió recurrir a la eutanasia para no seguir tolerando un intenso dolor.

 Hoy no vengo a hablar de eutanasia como un debate legal o médico más.

Vengo a hablar de Noelia Castillo, una joven de 25 años que decidió morir porque su sufrimiento se volvió insoportable.

Desde mi experiencia como psicólogo, este caso me obliga a hacer una pregunta incómoda y necesaria: ¿Estamos realmente ante una “enfermedad mental” que justifica terminar con una vida… o estamos frente a un profundo dolor humano que la sociedad y la medicina han convertido en una etiqueta diagnóstica?

En este video leeré un análisis que cuestiona la misma existencia de las enfermedades mentales y pone el foco donde pocos se atreven: en la responsabilidad que todos compartimos. Por supuesto, no pretendo agotar el tema. Y es solo una aproximación a su análisis. Espero lo encuentre interesante.

Es un tema duro. Pero hay que mirarlo de frente.

Una aproximación al análisis del caso Noelia: Entre la medicina y el sufrimiento humano

¿Es la eutanasia una solución a un problema médico o una respuesta desesperada a una falla social?

El caso de Noelia Castillo, una joven de 25 años que optó por la eutanasia para poner fin a un sufrimiento constante, no solo ha reabierto el debate de larga data entre lo que se considera “enfermedad” desde la perspectiva médica y su aplicación a lo psicológico. El tema es complejo y lo que sigue, como lo afirma el título, es apenas una aproximación a su comprensión.

En el centro de la controversia se encuentra la distinción entre el sufrimiento físico y el psicológico, una línea que resulta difícil de trazar con precisión. Para comprender esta problemática, es necesario primero desglosar qué entendemos por enfermedad desde una perspectiva médica rigurosa: la enfermedad, según la OMS, es una alteración estructural o funcional de una parte del cuerpo que se manifiesta a través de signos y síntomas claros. No sobra explicar que los síntomas son aquellos malestares que uno siente, como mareos, fatiga, dolor de cabeza, entre otros. Dos personas pueden tener la misma enfermedad, pero tener síntomas diferentes. Aunque lo que dice un paciente ayuda al médico durante la consulta, el médico hará una revisión cuidadosa y objetiva del caso, buscando pruebas claras y medibles de una posible enfermedad y pidiendo los exámenes necesarios; esta información se llama signos. Con estas medidas, el profesional revisará objetivamente los signos, como el nivel de triglicéridos en sangre, alteraciones en un electrocardiograma, etc.  Con los resultados, dirigirá con mayor eficacia las intervenciones según el caso, ya sea farmacológica, quirúrgica u otra equivalente.


La deconstrucción de la "enfermedad mental"


La mente, se dice, es un intrincado armazón de facultades emocionales, cognitivas, etc., que confiere a los seres humanos el poder para interactuar con su entorno. Es una definición confusa; tiene más de especulación que de ciencia. Y por esto, una frágil o falsa categoría médica. A diferencia del hígado o los riñones, la mente no es un órgano físico; por lo tanto, no puede "enfermarse" bajo los mismos criterios biológicos que el resto del cuerpo. Fenómenos como el miedo al abandono, la tristeza profunda o los cambios bruscos de humor, entre otros —que el modelo psiquiátrico etiqueta como trastorno límite de la personalidad— no cumplen con los requisitos de una enfermedad médica. Esta crítica también se dirige a quienes afirman que la mente es aquello que el cerebro hace. Por lo tanto, si el cerebro es un órgano, este puede enfermarse. Parece razonable, pero, a decir verdad, y aquí está el quid de nuestro asunto, ¿se puede asegurar, por ejemplo, que la tristeza crónica, los miedos o ansiedades, la falta de concentración, los cambios de humor, la irritabilidad, son efecto de algún desajuste en nuestro cerebro? Y lo que importa: ¿Puede probarse esto mediante algún examen, como se exigiría para confirmar, pongamos por caso, si se padece de tuberculosis?  En pocas palabras, hay síntomas, pero, ¿se podrán establecer los signos? Para la psiquiatría, los síntomas o lo que manifiesta un paciente son suficientes para suponer alguna alteración en la bioquímica del cerebro y, simplemente, se formula alguna medicina.

La distinción entre lo mental y lo físico no es meramente terminológica, sino científica: las llamadas "enfermedades mentales" carecen de marcadores biológicos. Mientras que una enfermedad física puede rastrearse mediante virus, bacterias o alteraciones celulares, los problemas psicológicos son, en realidad, patrones de conducta (ya sean públicos o privados) que resultan problemáticos para la persona o su entorno social, consecuencia de sus circunstancias de vida.


El peligro de la medicalización y el "efecto alfombra"


Negar el estatus de enfermedad a estos trastornos no significa ignorar el dolor del individuo. El sufrimiento de personas como Noelia es real y genuino. Pero, el error sistemático está en buscar causas y soluciones donde no están. Al tratar las dificultades de la vida como patologías biológicas, la medicina procede bajo la suposición de que "alguna alteración debe haber", aunque no se encuentre evidencia de ella.

Esta aproximación conduce a la prescripción indiscriminada de fármacos psiquiátricos, lo cual equivale a "esconder la mugre bajo la alfombra". En lugar de abordar la raíz del conflicto en la historia de vida de una persona y sus condiciones del momento, el modelo basado en el DSM (Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales) ofrece etiquetas que, lejos de ayudar, perpetúan una visión reduccionista. Esta visión no beneficia al paciente a largo plazo.

No creo que la aproximación psiquiátrica en el caso de Noelia o, a decir verdad, en cualquier otro que se quiera señalar como enfermedad mental, incluidas todas las categorizaciones del DSM, sea lo más adecuado. Pero más que inadecuado, peligroso; no solo por los daños que producen este tipo de fármacos a largo plazo, sino porque no resuelven el problema, solo lo camuflan (como poner una curita a una herida infectada). Además, esta práctica impide o elude una intervención psicológica con mejores pronósticos.


La responsabilidad colectiva y el valor de la vida


Según se cuenta en los medios, tal parece que hay una falla crítica en la red de apoyo de Noelia: la ausencia de una asistencia profesional idónea años atrás, cuando sus dificultades comenzaron a manifestarse no como síntomas, sino como desafíos vitales. Esto arroja dudas sobre si los jueces encargados de su caso contaron con el asesoramiento de expertos que comprendieran la naturaleza vivencial, y no solo médica, de su situación. A diferencia de un dolor físico incontrolable y creciente, con el dolor psicológico, se cuenta al menos con la esperanza de su reversibilidad.

Finalmente, es cuestionable la validez de la "decisión libre" en contextos de profundo sufrimiento psicológico. La elección de Noelia de quitarse la vida no fue un acto de libertad absoluta, sino una consecuencia directa de su condición y de la falta de intervención temprana de la sociedad y la familia. Dado que la vida es el valor supremo, una decisión de tal magnitud no debería recaer exclusivamente sobre la persona afectada, especialmente cuando las circunstancias que dañaron su vida tampoco estuvieron bajo su control.

 
 
 

Comentarios


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